Antonio de la Rosa y el desafío del Paso del Noroeste en SUP

Imagina un mar de hielo flotante que cruje como un monstruo ancestral, osos polares acechando en la niebla y vientos que azotan con la furia de siglos de exploradores frustrados. Así es el Paso del Noroeste, esa arteria ártica que une el Atlántico y el Pacífico a través del Ártico canadiense, un laberinto de unos 2.000–3.000 kilómetros de agua gélida y banquisa impredecible que solo se abre durante una breve ventana de deshielo cada verano. Durante siglos ha sido el Santo Grial de los navegantes: las sagas vikingas hablan de viajes hacia Vinland alrededor del año 1000, y muchas voces sostienen que estos hombres del norte fueron los primeros europeos en rozar el continente americano, guiados por corrientes invisibles y un coraje que desafiaba a sus propios dioses. Más tarde, expediciones como la del británico John Franklin, desaparecida en 1845 con dos barcos y 129 tripulantes, se perdieron para siempre en el laberinto de canales canadienses, recordándonos que aquí el error se paga con la vida.

El Paso no solo guarda leyendas; es un campo de batalla vivo contra la naturaleza. El clima ártico es un titán caprichoso: tormentas súbitas, ráfagas que pueden superar fácilmente los 70–80 km/h, nieblas cerradas que devoran el horizonte y temperaturas que bailan, incluso en verano, entre aproximadamente -4 y +4 grados, con episodios más extremos que pueden ir de -10 a +10 grados. El hielo a la deriva —bloques antiguos, gruesos, desgajados del norte— puede golpear la embarcación como un ariete y estrangular pasajes que ayer parecían abiertos, obligando a desvíos desesperados o a arrastrar el equipo sobre la banquisa. Bajo esa superficie hostil, la fauna no es un decorado, sino un riesgo real: osos polares capaces de nadar largas distancias, morsas que protegen sus colonias con fiereza, focas y ballenas que emergen de improviso entre placas de hielo, todo ello en un ecosistema extremadamente sensible donde cualquier expedicionario debe moverse con respeto y mínima huella.

En este escenario, Antonio de la Rosa prepara para el verano de 2026 una de esas aventuras que parecen sacadas de una novela, pero que se escriben paleada a paleada. Su objetivo: convertirse en el primer ser humano en cruzar el Paso del Noroeste sobre una embarcación tipo SUP de expedición, en solitario, sin asistencia externa y propulsándose únicamente con una pala. No utilizará un velero ni un rompehielos, sino un prototipo desmontable, inspirado en el paddle surf, pensado para dividirse en dos partes, convertirse en trineo cuando el hielo cierre el paso y cargar todo lo necesario para sobrevivir entre 40 y 50 días en completa autonomía.

La ruta que ha elegido dialoga con la historia: conecta el mar de Baffin, cerca de la isla de Baffin y su capital Iqaluit, con el mar de Beaufort, siguiendo el corazón del Ártico canadiense. Más de cien años después de la primera travesía de Roald Amundsen, que completó el Paso del Noroeste a comienzos del siglo XX, el deshielo acelerado por el cambio climático ha cambiado completamente el tablero; ha hecho posible lo que antes era impensable, pero también ha vuelto la región más inestable y peligrosa, con hielo más móvil, ventanas de navegación más cortas y patrones de tormenta menos previsibles. Antonio no solo quiere atravesar esos canales helados; quiere mostrarlos al mundo como un espejo incómodo, usando su cuerpo, su esfuerzo y cada palada como un altavoz de los impactos reales del calentamiento global.

Desde la costa noreste de Canadá, en un Atlántico que pasa gran parte del año congelado, se lanzará a buscar la salida hacia el Pacífico a través de un laberinto de islas, estrechos y bahías que rara vez ven pasar una embarcación tan pequeña y tan expuesta. Tendrá que leer el hielo como quien lee una lengua antigua: distinguir placas seguras de trampas mortales, escoger cada canal, interpretar el viento, decidir cuándo seguir paleando y cuándo transformar su SUP en trineo y arrastrarlo sobre la banquisa. Todo ello mientras gestiona el riesgo constante de encuentros con osos polares —una especie ya amenazada por el retroceso del hielo marino—, la soledad absoluta y la certeza de que, allí arriba, un fallo de cálculo puede convertir una aventura en tragedia en cuestión de minutos.

Esta expedición no es un capítulo aislado, sino parte de un plan casi obsesivo: completar navegando, en solitario, los cinco océanos del planeta, culminando en 2027 con el cruce del Índico. Ya ha cruzado otros océanos en embarcaciones a pala y remo, ha completado retos polares extremos, como su expedición al Polo Sur geográfico, y este año será la cita con el Ártico en su versión más cruda, como si buscara en los extremos del mapa las preguntas que muchos prefieren no hacerse. ¿Será el primero en lograr algo así? Quizá la historia tarde un tiempo en responder; lo que sí está claro es que pocos —muy pocos— están dispuestos a enfrentarse en solitario, con una simple pala y una tabla de SUP cargada hasta los topes, a los hielos y las leyendas del Paso del Noroeste.

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¿Por qué no hay osos polares en la Antártida?

Imagina un paisaje congelado, donde la nieve y el hielo reinan, y la fauna se adapta a un mundo blanco y extremo. Ahora, piensa en un oso polar, ese majestuoso gigante blanco que domina el Ártico. Es un cuadro que parece encajar perfectamente, ¿verdad? Pero aquí está el giro: aunque la Antártida también es un desierto helado, no hay osos polares allí. ¡Y no, no es por falta de pingüinos para cenar! ¡Jajaja!

Una historia de aislamiento geográfico

 

El motivo detrás de esta ausencia tiene raíces históricas y evolutivas. Los osos polares (Ursus maritimus) evolucionaron a partir de osos pardos hace unos 500.000 años en el hemisferio norte. Mientras ellos prosperaban en el Ártico, el hemisferio sur tomaba un rumbo muy diferente. Hace unos 40 millones de años, la Antártida se separó de Suramérica, convirtiéndose en un continente aislado. Este movimiento tectónico no solo desencadenó la formación de la corriente circumpolar antártica, que hiela las aguas a su alrededor, sino que también marcó una barrera insalvable para la fauna del norte.

En resumen, los osos polares nunca tuvieron la oportunidad de emigrar al sur. Mientras tanto, la Antártida desarrolló su propio elenco de estrellas, como pingüinos, focas y ballenas, que no se enfrentaron a depredadores terrestres como los osos polares.

 

Pingüinos vs. Osos Polares: El duelo que nunca fue…

Si te preguntabas si los osos polares podrían compartir la Antártida con pingüinos, la respuesta sería, como cuando la gente responde a su situación sentimental: “Es complicado”… Mientras los osos polares dependen de las focas para sobrevivir, los pingüinos nunca tuvieron que enfrentarse a un depredador tan eficiente. En un hipotético encuentro, los pingüinos tendrían pocas posibilidades, transformándose en un bufet viviente para los osos.

 

Imaginando lo que no debe ser: ¡Osos polares en la Antártida!

 

¿Qué pasaría si, de repente, lleváramos osos polares a la Antártida?

Este escenario plantea algunas preguntas intrigantes y posibles consecuencias curiosas. Impacto en el Ecosistema Antártico

Un banquete inicial: Los osos probablemente se darían un festín con pingüinos y crías de focas. Sin depredadores naturales y con comida aparentemente ilimitada, sus números podrían aumentar rápidamente.

Desequilibrio ecológico: Sin embargo, la introducción de un depredador completamente nuevo alteraría profundamente el equilibrio natural. Las poblaciones de pingüinos y focas podrían disminuir drásticamente, afectando la biodiversidad y la estructura del ecosistema antártico.

Clima extremo y adaptación

Aunque los osos polares son adaptables, las condiciones extremas de la Antártida plantearían desafíos significativos. Tendrían que enfrentarse a temperaturas más bajas y vientos más fuertes que en el Ártico.

Problemas genéticos y aislamiento

Al estar aislados en la Antártida, los osos polares también podrían enfrentar problemas genéticos que podrían hacerlos más susceptibles a enfermedades y reducir su capacidad de adaptación a largo plazo.

La helda móraleja de un escenario polar “modificado”

La fascinante coexistencia de osos polares y el Ártico es un testimonio de la adaptación y la evolución. Aunque nunca veremos a estos majestuosos animales vagando por la Antártida, su ausencia allí nos recuerda la delicadeza y la complejidad de los ecosistemas polares. Conservar y respetar estos hábitats únicos es fundamental para mantener el equilibrio natural que ha tardado millones de años en formarse.

Así que la próxima vez que veas un documental sobre osos polares, recuerda: están en el lugar exacto donde deberían estar.

Espero que este artículo les haya despejado esa duda o curiosidad que pudo haber generado Antonio de la Rosa, cuando en su directo por Instagram, antes de viajar al Pólo Sur, comentó el hecho de que “no hay osos en la Antártida”.