Ya en casa, sano y salvo, el explorador ha hecho balance del primer intento en una transmisión en directo. No hay renuncia: hay una lista de correcciones, una tabla que rediseñar y una fecha en el calendario.

Hay expediciones que terminan y expediciones que se aplazan. Esta es de las segundas.

Antonio de la Rosa llegó a España hace pocos días, después de que el pasado 2 de agosto un rescate de la Guardia Costera canadiense interrumpiera su travesía en solitario y sin asistencia por el Paso del Noroeste. Este domingo 9 de agosto se sentó frente a la cámara para contarlo todo en directo: lo que funcionó, lo que no, lo que perdió y lo que va a cambiar. Y para dejar claro lo esencial desde la primera frase: vuelve en julio de 2027.

“Estoy convencido de que la tabla de exploración de Sunova puede atravesar perfectamente el Paso del Noroeste, y espero poder demostrarlo el año que viene.”

Dieciséis días que dejaron buenas cifras

La expedición arrancó el 18 de julio desde Pond Inlet. Antonio llegó al Ártico fuerte, física y mentalmente, y los días en que las condiciones permitieron entrar al agua lo demostraron: dos jornadas de 64 kilómetros, otras dos de 52 y tres en torno a los 40.

Con unos 100 kilogramos de carga sobre la tabla, su velocidad crucero se mantuvo entre 5,5 y 5,6 kilómetros por hora, con puntas de 8 km/h cuando el viento acompañaba. En las jornadas largas llegó a palear doce horas seguidas con apenas veinte minutos de parada real.

El desgaste, sin embargo, fue perfectamente asumible. Antonio lo compara con una salida muy larga en bicicleta a ritmo suave: esfuerzo aeróbico sostenido, no explosivo. Solo necesitó antiinflamatorios los tres o cuatro primeros días. La alimentación, con más frutos secos que en su travesía al Polo Sur, funcionó mejor que nunca.

“Cuando terminaba esos 64 kilómetros, pensaba que podía hacer otros 50 más.”

El eslabón débil no estuvo en el agua

Si algo deja claro el balance es que el problema no fue la forma física ni la embarcación. Fue la logística previa, y Antonio lo asume sin rodeos.

Llegó a Ottawa el 10 de julio cargado de más: dos tablas y varios bultos adicionales. Tanto, que Alfonso d’Ors, de Posovisual —la productora que cubrió los preparativos—, tuvo que regresar a España con 30 kilogramos de equipaje suyo. Los cuatro días disponibles antes de volar al norte resultaron insuficientes para preparar toda la alimentación, especialmente sabiendo que en el punto de partida no hay forma de conseguir suministros.

Y estaba la tabla. No llegó a tiempo y hubo que enviarla por cargo, el único medio posible con los aviones que operan en la zona. La caja alcanzó Pond Inlet rota tras múltiples escalas y, por el camino, se perdió una bolsa estanca con dos quillas de repuesto y cuatro balizas acústicas disuasorias para osos. En una localidad inuit del Ártico canadiense eso no se repone. Los guardaparques le prestaron dos balizas; la travesía empezó con una sola quilla.

“No puedes ir a una expedición de estas llevando cosas por si acaso. Tengo que salir de Madrid exactamente con el material que voy a utilizar allí.”

El día que no había que entrar al agua

Después de varias jornadas templadas, llegó la confianza. Con unos 11 grados y el calor del esfuerzo, Antonio acabó paleando sin el traje seco. En la jornada 11 cayó al agua sin él y tuvo que volver a tierra. Dos días de avance perdidos.

Esos dos días lo cambiaron todo: hicieron que un frente de mal tiempo lo alcanzara antes de lo previsto. Cruzó Admiralty Inlet —la bahía en cuya orilla se encuentra Arctic Bay— y llegó a las inmediaciones de cabo Crauford con el mar ya muy movido. El plan era rodear el cabo al día siguiente y enganchar rumbo oeste con viento favorable.

En la punta del cabo, la escasa profundidad y el fondo rocoso convirtieron ese viento favorable en un caos de vuelcos, niebla cerrada y frío. Antonio señala aquí un error concreto y evitable: no llevaba cartas náuticas. Tenía GPS y toda la cartografía descargada, pero no la información batimétrica que le habría advertido de lo somero de la zona.

“Ese día tenía que haberme quedado en tierra tranquilamente y haber esperado tres, cuatro o cinco días. Eso ya está aprendido.”

El mar se llevó la tabla

Consiguió salir del agua entre acantilados, muy cerca de una cabaña que ya tenía localizada en sus mapas. Subió todo el material al borde de la banquisa, el hielo que en invierno se acumula y queda encajado varios metros por encima de la playa, contra una pared de unos diez metros. Estaba convencido de que allí quedaba a salvo. El equipo de seguridad y la ropa los llevó a la cabaña, a la que solo se accede tras un trepe de seis o siete metros: imposible izar la tabla hasta allí.

Al día siguiente entró el temporal, con vientos de 100 kilómetros por hora. Cuando dos días después bajó a la costa para reparar la quilla y preparar la tabla rumbo a Arctic Bay, a unos 100 kilómetros, no quedaba nada. Ni tabla, ni bolsas, ni comida.

“El mar se tragó casi todo menos el equipo de seguridad.”

Un rescate sin SOS

Lo que vino después es, probablemente, la parte más reveladora del relato.

La situación estaba definida con precisión: comida para un par de días, estirable a cuatro o cinco, y ninguna posibilidad de salir por medios propios de un lugar sin acceso terrestre. Pero también sin peligro inmediato. Antonio estaba bien y resguardado.

Esa distinción lo llevó a tomar una decisión poco habitual: no activar el SOS. Bombero de profesión y con años de trato con grupos de rescate, sabe que una señal de socorro dispara un protocolo inmediato en el que los rescatistas asumen riesgos altos, porque no hay comunicación con la persona y se desconoce su estado real.

En lugar de eso, pidió a su entorno que se activara un protocolo de rescate sin urgencia. La comunicación se canalizó a través de la Embajada de España en Canadá y la Guardia Costera canadiense decidió enviar una embarcación de gran porte, con 48 horas de llegada estimada. Antonio aceptó el plazo sin discutirlo.

“Lo más importante para mí era que nadie se jugara la vida para venir a rescatarme. Me daba igual salir en 12, en 24, en 48 horas o en cuatro días.”

Cuarenta y ocho horas exactas después apareció el rompehielos CCGS Des Groseilliers entre una niebla espesa. La operación se resolvió con el helicóptero embarcado, sin necesidad de aproximación en neumática, y Antonio fue trasladado directamente al aeropuerto de Arctic Bay, donde lo recibió la policía local. Un rescate limpio, en el que nadie asumió riesgos innecesarios. El regreso a España se completó en otras 48 horas.

Osos, narvales y un Ártico sin hielo

Buena parte del recorrido transcurrió dentro del parque nacional Sirmilik, que abarca la isla Bylot y el noroeste de Baffin: una reserva de aves donde el acceso con armas de fuego está terminantemente prohibido y en la que los guardaparques le concedieron permiso especial para transitar y pernoctar en determinadas zonas.

Dentro de la reserva, la avifauna fue sencillamente impresionante; al salir de ella, apenas se veían aves. Hubo jornadas enteras acompañado de narvales, focas casi a diario en la primera fase y dos osos polares a corta distancia. Ninguno de los dos encuentros requirió la escopeta, que es siempre el último recurso: la primera línea son las balizas acústicas, el silbato y un sistema de bengalas. Uno de los osos lo miró desde la orilla con absoluta indiferencia y siguió comiendo; el otro se marchó en dirección contraria nada más verlo.

El hielo, en cambio, jugó una partida distinta a la esperada. En el estrecho entre Pond Inlet y la isla Bylot, donde otros años hay abundante banquisa en esas fechas, unos vientos más intensos de lo habitual desplazaron el hielo hacia las bahías. Antonio prácticamente no encontró hielo. En el otro extremo del Paso, los veleros que intentan la travesía desde Alaska hacia el este seguían bloqueados a comienzos de agosto, sin acceso todavía a Cambridge Bay.

Por qué una tabla y no un kayak

A quienes sostienen que el Paso del Noroeste es inabordable en paddle surf, e incluso en kayak, Antonio responde con un argumento de autonomía: la travesía exige comida para un mínimo de 40 días. Solo en alimentación son unos 40 kilogramos, a los que hay que sumar todo lo demás. Un kayak de travesía no admite ese volumen y un packraft es demasiado lento. La tabla, al ser una embarcación abierta, sí permite cargarlo.

“He visto en mis propias carnes lo difícil que es aquel lugar, pero confío en mi capacidad y en mis conocimientos para conseguir hacer esa expedición.”

Lo que cambiará para 2027

Quilla retráctil. Con la tabla cargada —unos 35 kilogramos de embarcación más 80 o 90 de material—, palear sin quilla es inviable: la embarcación se vuelve ingobernable y obliga a duplicar la trayectoria. El objetivo es una quilla alojada en un cajón, que se repliegue al tocar fondo y pueda subirse a voluntad, con un funcionamiento parecido al de un timón de kayak.

Sujeción del equipamiento. En los vuelcos, las ocho o diez bolsas estancas se desplazaban a un costado y hacían durísimo el desvuelco. Pasarán a ser tres o cuatro bolsas grandes fijadas con cinchas dobles, del tipo que ya usa en su trineo de expedición.

Puesto de paleo sentado. Con viento de cara o condiciones muy adversas hay que palear sentado, con pala de kayak. El asiento no estaba bien adaptado; la embarcación se modificará para ese uso.

Protección de cubierta. Las olas laterales llegaban a embarcar hasta 50 litros de agua que tardaban en salir por los imbornales. Se añadirá un elemento que cubra los pies al palear de pie.

Logística y navegación. Salir de Madrid exactamente con el material que se va a utilizar, contar con más tiempo sobre el terreno y llevar cartas náuticas. El peso total, admite, difícilmente bajará de los 90 kilogramos.

Lo que viene ahora

En los próximos días Antonio irá mostrando las modificaciones de la embarcación y publicará material sobre la fauna registrada, en especial la avifauna de Sirmilik. En paralelo arranca la fase menos vistosa y más necesaria: reponer el equipamiento que se llevó el mar y buscar la financiación del nuevo intento.

El agradecimiento va por delante. A la Embajada de España en Canadá, a la Guardia Costera canadiense, a la policía de Arctic Bay y a los guardaparques de Parques Nacionales de Canadá, que prestaron balizas acústicas y concedieron los permisos dentro de Sirmilik. A Posovisual, por la cobertura de los preparativos y del arranque. Y a West Hansen —National Geographic Explorer y presidente del capítulo de Texas de The Explorers Club—, que durante la ventana de rescate ofreció de forma clara y decidida la ayuda de un contacto local en Arctic Bay.

El Paso del Noroeste no se cancela. Cambia de fecha.

Datos clave

  • Primer intento: 18 de julio de 2026, desde Pond Inlet (Nunavut, Canadá)
  • Interrupción: 2 de agosto de 2026 · Día 16 · zona de cabo Crauford, península de Borden
  • Rescate: Guardia Costera canadiense · rompehielos CCGS Des Groseilliers y helicóptero embarcado → Arctic Bay (Ikpiarjuk)
  • Mejores jornadas: dos de 64 km, dos de 52 km y tres en torno a 40 km
  • Velocidad crucero: 5,5–5,6 km/h con carga · hasta 8 km/h con condiciones favorables
  • Jornada máxima: 12 horas de paleo con unos 20 minutos de parada real
  • Material perdido: tabla, bolsas estancas y alimentación. Solo se conservó el equipo de seguridad
  • Nuevo intento: julio de 2027

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